ENRIQUE GALLARDO

ENRIQUE GALLARDO

Enrique Gallardo
Por Jerry Falk

De «Creced» 4/2011

Enrique Gallardo nació en Jerez de la Frontera, España en 1935. Varios años más tarde se trasladó a Sevilla, donde trabajaba como taxista. Su esposa murió de cáncer en el año 1978 y por tanto, Enrique tuvo que criar a sus cuatro hijos solo.

Enrique nos dijo que alrededor del año 1977 había sido «expulsado» de la organización religiosa conocida como los «Testigos de Jehová» porque ellos le ordenaron a violar una ley civil, cosa que no pudo hacer de buena conciencia debido a Romanos 13. También Enrique estaba comenzando a ver prácticas entre los Testigos que no armonizaban con las del Nuevo Testamento. En su última carta a los Testigos en 1977 les preguntó por qué no enseñaban lo que la Biblia enseña en cuanto al bautismo, que es cuestión de urgencia porque es «para perdón de los pecados» (Hechos 2:38) y no para un llamado «testimonio público.» Nunca le contestaron.

Nos pusimos en contacto con Enrique por primera vez en octubre de 1997, justo después de haberle entregado una Biblia gratuita. Le dijimos: «No somos católicos, ni evangélicos, ni ‘testigos de Jehová.'» Más tarde Enrique confesó: «Eso me llamó la atención, porque siempre he creído que tiene que haber personas en el mundo que hacen solamente lo que dice la Biblia.»

Enrique fue bautizado en Cristo el 9 de enero del 1998, poco antes de la medianoche. Tenía fiebre y hacía frío; no obstante, ¡Lo único que le importaba en ese momento era ponerse bien con Dios! Cada vez que se acordaba de su bautismo, Enrique decía que se parecía al del carcelero de Filipos, quien se había bautizado después de la medianoche (Hechos 16:25-33). Sin duda alguna, para Enrique no existía otro momento más importante en toda su vida. Al bautizarse en agua, ¡Dios le había salvado mediante la resurrección de Jesucristo! (1 Pedro 3:21)

Cierto hermano dijo en la congregación en Sevilla que Enrique llevaba veinte años buscando la verdad y que, gracias a Dios, ya la había encontrado. Al oír estas palabras, Enrique lloró de alegría delante de todos porque pudo ver en su propia vida el cumplimiento de las palabras de Cristo: «buscad, y hallaréis» (Mateo 7:7). Así era Enrique. Hasta lloraba de felicidad cuando presenciaba el bautismo de otras personas.

Pese a problemas de corazón, asma y la necesidad de apoyarse en un bastón, Enrique caminaba todos los domingos y jueves desde su casa hasta nuestro local en El Cerro del Águila. Era un buen ejemplo para los hermanos que faltaban el culto por cualquier «motivo.»

Enrique fue mi compañero de milicia durante siete años. Pasamos muchos días juntos, estudiando la palabra, repartiendo folletos y biblias por toda Sevilla, hablando, comiendo y riéndonos. El hermano también me acompañó en dos viajes a Barcelona y otro a Galicia para animar a los hermanos de aquellos lugares.

Jamás me olvidaré de las numerosas veces que Enrique, con todos los dolores que padecía, se bajaba de mi furgoneta para pegar carteles en las paradas de autobús, apoyándose en su bastón. Servir a Dios le daba propósito de vida. Tan fuerte era este deseo suyo que se enfadaba conmigo cuando yo aplazaba nuestros esfuerzos evangelísticos por otras cosas menos importantes. (Hice esto varias veces y Enrique me animó a tomar el evangelismo más en serio. Enrique tenía toda la razón y le di las gracias por haberme corregido de esta manera.)

Un día, al preguntarle un hermano sobre su deseo de sacrificarse por la causa de Cristo, Enrique le respondió: «Soy viejo y he malgastado mucho tiempo. Quiero usar el resto de mi vida sirviendo a Dios, aunque sé que lo que hago es poquísimo en comparación con lo que Él ha hecho por mi.»

Enrique no había estudiado en ninguna escuela pública. Se enseñó a sí mismo a leer al leer la Biblia. Cuando obedeció al evangelio, tenía un apetito insaciable por los estudios bíblicos escritos por hermanos fieles. Leyó todos los comentarios de Bill Reeves y Wayne Partain y cualquier otro estudio que llegaba a sus manos. No los leía por encima ¡sino de cabo a rabo! De hecho, creo que una vez me dijo que estaba leyendo todos los comentarios de los hermanos Bill y Wayne por segunda vez. Enrique leyó miles de páginas de estudios bíblicos con el deseo intenso de conocer más perfectamente la voluntad de Dios. Tengo que admitir que en este sentido me superó con creces.

Enrique falleció el 10 de marzo de este año. Aunque confío que está en un lugar «muchísimo mejor» que esta tierra (Filipenses 1:23), tengo tristeza en mi corazón porque hemos perdido a un buen soldado de Cristo. No era perfecto, como tampoco lo soy yo; no obstante, para Enrique no existía otra cosa más importante que servir a Dios y estar en la verdad. Uno de sus versículos favoritos fue Proverbios 23:23: «Compra la verdad y no la vendas, adquiere sabiduría, instrucción e inteligencia.»

Te echaré mucho de menos Enrique. De un hermano que siempre te ha querido,, Jerry

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