¿Es usted verdaderamente humilde?

¿Es usted verdaderamente humilde?

De «Creced» 807

Por Sewell Hall

El orgullo es un pecado que casi nunca es confesado porque se opone a la confesión. No nos deja ver cuánto necesitamos ciertos atributos que vienen de Dios, especialmente la humildad. Quizás las siguientes preguntas nos ayuden a ver si en verdad somos humildes.

1. ¿Dudo de la justicia de las acciones de Dios?
2. ¿Pienso a veces que los mandamientos de Dios no sean razonables?
3. ¿A veces miro con desprecio a otros debido a su falta de inteligencia, su pobreza, su ignorancia o su mal carácter?
4. ¿Trato de impresionar a otros con la superioridad de mis acciones o de mi buena presencia? ¿Trato de hacer que otros se sientan inferiores?
5. ¿Pienso que algún acto de servicio humilde no es digno para mi?
6. ¿Estoy tan dispuesto para servir a otros cuando nadie me ve, tanto como cuando otros me ven?
7. ¿Siempre insisto en tener la razón y que otros me cedan el paso aun con respeto a asuntos de opinión?
8. ¿Siento la envidia cuando otros reciben honores los cuales pienso merecer?
9. ¿Soy susceptible y me ofendo fácilmente?
10. ¿Me siento bien al guardar rencor?

La verdadera humildad contestará «no» a todas las preguntas menos la sexta, la cual debe ser contestada «sí.» ¿Cómo usted hizo con el «examen»? Si usted sacó diez puntos, no lo diga a nadie, porque ¡eso sería ser orgulloso en cuanto a su humildad!

¿Cómo desarrollar la humildad?

¿Cómo podemos desarrollar la humildad que Dios exige en nuestras vidas? (1 Pedro 5:6; Santiago 4:10)

* Medite en la grandeza de Dios, por ejemplo, la que se revela en la naturaleza. «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo, ‘¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?’» (Salmos 8:3,4) Cuando leemos las escrituras y cantamos himnos que dan énfasis a la grandeza de Dios, se profundiza la consciencia de la superioridad de Dios y de nuestra inferioridad delante de El.

* Tome en serio la palabra de Dios. Al leer la ley de Dios la cual estuvo perdida en el templo, el rey Josías rasgó su ropa y lloró ante Jehová, así humillándose (2 Crónicas 34:28). La palabra de Dios es un espejo que revela nuestras fallas. Leerla y vernos tal como somos produce la humildad. Leer acerca de la vida de Jesús nos humilla porque nos hace compararnos con El.

* «Piense con cordura» (Romanos 12:3) Los borrachos siempre se creen capaces de hacer cualquier cosa al estar ebrios, pero el sobrio no tiene «más alto concepto de sí que el que debe tener.»

El pensar con cordura significa el ver nuestras flaquezas tan claramente como vemos nuestras virtudes. Los orgullosos elevan sus virtudes y pasan por alto sus faltas, pero al mismo tiempo exageran las faltas de otros y tienen en poco sus virtudes. Por esta razón se sienten superiores a otros. Por tanto, Juan dice, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismo, y la verdad no está en nosotros.» (1 Juan 1:8).

* Pida la humildad en la oración. El mismo acto de la oración debe humillarnos cuando nos damos cuenta de estar en la presencia de Dios. Las palabras originales traducidas «adoración» en las lenguas hebrea y griega implican la postración delante de otro, el besar la mano o la tierra delante de un superior. La consciencia de la presencia de Dios debe motivarnos a postrarnos en la tierra (al menos mentalmente) delante de El, tal como hicieron muchos personajes bíblicos. Por supuesto, más allá de la postración de nuestro espíritu delante de Dios, debemos pedir humildad de nuestro Padre.

Sin embargo, al pedir la humildad de Dios, debemos darnos cuenta que a veces nos llega en formas desagradables. Puede ser que Dios nos deje sufrir alguna humillación para ayudarnos a vencer el orgullo. El apóstol Pablo pensó que un propósito que Dios tenía en mente al dejarle sufrir con su aguijón en la carne fue, «para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente.» (2 Corintios 12:7) Cualquier dolor que tengamos que sufrir vale la pena si es que nos ayuda a ser humildes. ¡Puede ser la respuesta de nuestras oraciones por la humildad!

Conclusión

* «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.» (Mateo 18:3)

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